Amitaba: Luz infinita

Ve con claridad que cada ser es único e irrepetible
El veneno con el que se le relaciona es raga, la pasión, que tiene la naturaleza de adherirse fuertemente a un objeto en particular. Al meditar en Amitaba surge una energía emocional, pero la pasión mundana se transmuta en sabiduría discerniente. Esto es lo que equilibra a la sabiduría de la igualdad de Ratnasambhava, que ve el factor común que hay en todas las apariencias cambiantes. La sabiduría de Amitaba ve la singularidad; las características distintivas en cada fenómeno. Un amante apasionado sólo quiere estar con esa persona única, incomparable, aparentemente irremplazable que es el objeto de su amor. Está muy consciente de las cualidades que distinguen a esa persona. Cada uno de sus detalles le inspira cariño, algún gesto en particular, una forma de mover la cabeza, una frase típica. Todo esto le parece especial y adorable porque son signos, señales distintivas del ser que ama. Asimismo, la sabiduría discerniente de Amitaba ve y ama las diminutas particularidades de cada cosa. La diferencia entre el aprecio que tiene un amante y la sabiduría de Amitaba es que la sabiduría discerniente no es dual. No viene con la idea de yo y el otro. Por lo mismo, su cariñoso aprecio de la singularidad no se convierte en la base para un apego exclusivo.

El poder transformador del amor
Amitaba es la cabeza de la familia Loto. Se le asocia con todos los atributos de esta flor: bondad, apertura y las cualidades más “receptivas”. La cualidad de la apertura se enfatiza más aún por su elemento, el fuego, que lo consume todo y crea espacio. Además, la totalidad de su apertura se refleja en una leyenda que se relaciona con su animal heráldico, el pavo real. Según el mito, el pavo real puede digerir a las serpientes venenosas sin sufrir ningún daño (la serpiente alimenta la belleza de su plumaje). Este simbolismo, el estar abierto incluso al veneno y transmutarlo en belleza, nos da una idea del poder de transformación que tienen el amor y la compasión de Amitaba.

Un proceso de transformación claro y apacible
El reino en el que actúa la transmutación de Amitaba es el de los fantasmas hambrientos, seres que llevan una existencia de deseos frustrados. El amor de Amitaba disuelve los sentimientos de desesperación, de falta de cariño y de inadecuación que los hace aferrarse a la vida. El poder de su meditación los saca de su estado de inquietud e insatisfacción y los lleva a un nivel de contento de sí mismos más profundo. En general, el sendero a la iluminación que representa Amitaba es más “orgánico”. Uno va desplegando los pétalos de su potencial espiritual lenta y dulcemente, hasta madurar en la iluminación. El sendero de Amitaba es de atracción por el nirvana.

Símbolo de una paz infinita
Amitaba tiene también una forma que es su reflejo: Amitayus. Ayus, en sánscrito, quiere decir vida, así que Amitayus significa “vida infinita”. Las dos figuras, Luz Infinita y Vida Infinita representan con claridad el mismo principio, visto respectivamente desde el punto de vista del espacio y del tiempo. De hecho, el budismo indio parece tratar a Amitaba y Amitayus como la misma figura y es sólo en el budismo tántrico del Tíbet y Japón donde vemos que se les considera de manera separada. La figura de Amitaba es sencilla pero cuenta con una cualidad arquetípica. Es un Buda que está meditando y sus manos reposan en el mudra dhyana. Tiene una postura regular, equilibrada, agradable. Manifiesta solidez. Está derecho e inmóvil. No se preocupa. Está centrado. En verdad, se ve como si hubiera echado raíces en la tierra. La figura está sencillamente sentada, en silencio, contenta. No tiene que ocuparse de alguna cita ni llegar a tiempo a tomar el tren. Está en paz, en calma, con actitud abierta.

La meditación es insondablemente poderosa
Él es eterno. Podría estar sentado así para siempre. Hay algo que impone cuando vemos a un Buda en meditación. ¿Qué será lo que contempla en lo más hondo de sí? Se ha zambullido en un infinito océano interior para hallar los tesoros ocultos del universo y los rubíes de la mente. Una figura que medita puede causar una profunda impresión, no importa si es de piedra o de carne y hueso. Hay una anécdota acerca de Daito, un maestro zen que vivió un tiempo con unos mendigos bajo los puentes de Kyoto. Era una época en que había una costumbre brutal, según la cual, los samuráis probaban sus espadas nuevas sobre una víctima humana. Una tarde se vio a un samurái rondando la zona. Los mendigos estaban aterrados. Sabían que al caer la noche el samurái vendría a probar su espada sobre alguno de ellos. Daito les dijo que se escondieran. Luego, se sentó calmadamente en postura de meditación, a mitad del camino. Con la noche llegó el samurái y se le acercó. Le gritó que se preparara para morir porque lo iba a partir en dos. No hubo respuesta. La figura en calma seguía sentada frente a él, emanando esa sensación de vasta energía, encausada con gentileza, que proviene de alguien que medita profundamente. Al ver a su víctima serena, el samurái vaciló y se acobardó. Al final, se escabulló entre la noche.

La acción que surge de la vacuidad
Las manos de Amitaba están unidas cerca del centro de su cuerpo, una sobre la otra. Los pulgares apenas se tocan. ¿Qué nos pueden decir sus manos? Son, a la vez, activas y receptivas. Sugieren el camino medio y el consejo que el Buda dio a Sona, el monje que practicó tanto tiempo la meditación caminando, andando de aquí para allá, que le sangraron los pies. El Buda le explicó que en su meditación debía ser como un laúd bien afinado. Si las cuerdas están demasiado flojas o demasiado apretadas no se puede tocar. Los pulgares que apenas se rozan mantienen una conciencia constante de un desarrollo espiritual equilibrado. En cuanto al espacio oval que encierran las palmas y el arco de los pulgares, notamos que Amitaba abraza el espacio, que es como un huevo de vacuidad. ¿Qué nacerá de él? El único interés del Buda es crear condiciones que ayuden a los seres vivos a escapar del sufrimiento, de modo que del huevo de la vacuidad surgirá toda una tierra pura, con su brillantez infinita y con inagotables enseñanzas sobre el Dharma.

La conciencia transforma positivamente al mundo
Si contemplamos la figura serena del Buda que medita podemos entender con más claridad lo que está en juego cuando uno practica la meditación, en ese espacio oval que él acuna en su mudra. Es gracias a la espaciosa conciencia que se crea cuando meditamos que podemos notar cómo nuestros pensamientos crean un mundo y cómo es en verdad posible cambiar nuestro mundo. Cuando nos damos cuenta que nosotros en efecto creamos el mundo podemos empezar a responsabilizarnos de él y, entonces, trabajar para crearnos un nuevo mundo, elevando nuestro nivel de conciencia y creando mundos cada vez más felices y más bellos.

Fuente: Vessantara, Mandala of the Five Buddhas, Windhorse Publications, Traducción y edición de Oscar Franco.

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